La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Entonces se discutió la cuestión de los vestidos. Los colonos no tenían más ropas que las que llevaban cuando el aerostato los arrojó a la isla. Aquellos vestidos eran sólidos y buenos contra el frío; los habían cuidado, así como con la ropa blanca, y los conservaron limpios, pero había que reemplazarlos. Además, si el invierno era riguroso, los colonos tendrían que pasar mucho frío.
Sobre este punto el ingeniero Ciro Smith no había tomado precauciones. Había tenido que ocuparse primero de lo más urgente, hacer la casa y asegurar los alimentos, y el frío venía a sorprenderles antes de haber resuelto la cuestión del vestido. Era preciso, pues, resignarse a pasar aquel invierno sin muchas comodidades. Cuando llegase la primavera, se haría una caza en regla de aquellos moruecos, cuya presencia había sido señalada cuando la exploración del monte Franklin, y una vez recogida la lana, el ingeniero sabría fabricar telas sólidas y de abrigo... ¿Cómo? Ya discurriría sobre ello.
-Nos asaremos en el Palacio de granito y nos tostaremos las pantorrillas -dijo Pencroff-; el combustible abunda y no hay razón para que lo economicemos.
-Por otra parte -repuso Gedeón Spilett-, la isla Lincoln no está situada en una latitud muy elevada y es probable que los inviernos no sean en ella muy crudos. ¿No ha dicho usted, señor Ciro, que este paralelo 35 corresponde al de España en el otro hemisferio?