La Isla misteriosa

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Sin embargo, la Providencia debía en aquella ocasión acudir directamente en auxilio de los colonos, en una proporción infinitesimal, pero que no hubiera podido ser producida por Ciro Smith con toda su inteligencia y toda su sutileza de ingenio. Lo que el ingeniero no hubiera podido crear nunca, Harbert lo encontró por casualidad un día en el forro de su chaleco, que remendaba.

Aquel día llovía torrencialmente y los colonos estaban reunidos en el salón del Palacio de granito, cuando el joven exclamó de repente:

-¡Caramba, señor Ciro, un grano de trigo!

Y enseñó a sus compañeros un grano, que de su bolsillo agujereado se había introducido en el forro del chaleco. La presencia de aquel grano se explicaba por la costumbre que tenía Harbert, estando en Richmond, de echar trigo a algunas palomas que Pencroff le había regalado.

-¡Un grano de trigo! -dijo el ingeniero.

-¡Sí, señor Ciro, pero uno solo, nada más que uno!

-¡Pues sí que hemos adelantado mucho, hijo mío! -exclamó Pencroff sonriéndose-. ¿Qué podremos hacer con un grano de trigo?

-Haremos pan -respondió Ciro Smith.

-Pan, pasteles y galletas -replicó el marino-. El pan que nos dé este grano no nos hartará.


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