La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Aquellos frÃos intensos duraron hasta el 15 de agosto, sin traspasar el mÃnimo de grados Fahrenheit observado hasta entonces. Cuando la atmósfera estaba tranquila, los colonos soportaban fácilmente aquella temperatura baja; pero, cuando soplaba el viento, les molestaba, por la reducida vestimenta. Pencroff se lamentaba de que la isla Lincoln no diera asilo a algunas familias de osos, con preferencia a las zorras o a las focas, cuya piel no le servÃa mucho.
-Los osos -decÃa-van generalmente bien vestidos y yo me alegrarÃa mucho de tomarles prestado para el invierno el abrigo que llevan en el cuerpo.
-Pero -añadió Nab, riéndose-quizá los osos no consentirÃan, Pencroff, en darte su abrigo. No creo yo que esos animales sean imitadores de San MartÃn.
-Ya les obligarÃamos, Nab -repuso Pencroff en tono completamente autoritario.
Pero aquellos formidables carnÃvoros no existÃan en la isla o por lo menos no se habÃan dejado ver hasta entonces.
