La Isla misteriosa
La Isla misteriosa La primera semana de enero fue dedicada a la confección de la ropa blanca necesaria para la colonia. Las agujas encontradas en el cajón funcionaron entre dedos vigorosos, si no delicados, y se puede afirmar que todo quedó cosido bien.
No faltó el hilo, gracias a la idea que tuvo Ciro de emplear el que había servido para coser las bandas del aerostato, bandas que fueron descosidas con una paciencia admirable por Gedeón Spilett y Harbert, pues Pencroff había renunciado a aquel trabajo que le crispaba los nervios. Pero cuando se trató de coser, nadie pudo igualarlo, pues sabido es que los marinos tienen una notable aptitud para el oficio de sastre. Las telas de la cubierta del aerostato fueron desengrasadas después con sosa y potasa, obtenidas por la incineración de plantas, de tal suerte que el algodón, desembarazado del barniz, recobró su flexibilidad y elasticidad naturales; y sometido luego a la acción decolorante de la atmósfera, adquirió una blancura total.
