La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Pencroff, como es de suponer, estaba entusiasmado con su nueva empresa y no hubiera querido abandonarla un solo instante. Un acontecimiento tuvo el privilegio de separarlo, un día solo, de su taller de construcción: la segunda recolección del trigo, que tuvo lugar el 15 de abril. Había tenido tan buen éxito como la primera y dio la proporción de granos anunciada de antemano.
-Sesenta y cinco litros, señor Ciro -dijo Peneroff después de haber medido escrupulosamente sus riquezas.
-Cerca de dos fanegas -contestó el ingeniero-, a trescientos treinta mil granos por fanega, hacen seiscientos sesenta mil granos.
-Pues bien, los sembraremos todos esta vez -dijo el marino-, menos una pequeña reserva.
-Sí, Peneroff; y si la próxima cosecha da un rendimiento proporcional, tendremos trece mil litros.
-¿Y comeremos pan?
-Comeremos pan.
-Pero habrá que hacer un molino.
-Lo construiremos.
El tercer campo de trigo fue incomparablemente más extenso que los dos primeros, y la tierra, preparada con sumo cuidado, recibió la primera semilla. Pencroff volvió a sus tareas.