La Isla misteriosa
La Isla misteriosa Aquella tarde volvieron los cazadores, que habían hecho muy buena caza, y venían cargados, es decir, con la carga que podían buenamente llevar cuatro hombres. Top traía una ristra de cercetas alrededor del cuello, y Jup, un cinturón de gallinetas de agua alrededor de su cuerpo.
-Aquí tenemos, amo -exclamó Nab-, entretenimiento para algún tiempo: conservas, pasteles, agradable reserva, pero alguien me tiene que ayudar. ¿Cuento contigo, Pencroff?
-No, Nab -contestó el marino-; el aparejo del barco me reclama y por ahora tendrás que pasarte sin mi ayuda.
-¿Y usted, señor Harbert?
-Yo mañana tengo que ir a la dehesa -contestó el joven.
-Entonces me ayudará el señor Spilett.
-Por complacerte, Nab -repuso el periodista--; pero te prevengo que, si me descubres tus recetas, las voy a publicar.
