La Isla misteriosa
La Isla misteriosa La vivienda estaba vacía.
Pencroff, Harbert y Gedeón Spilett se quedaron silenciosos en aquella oscuridad.
Pencroff echó yescas y encendió un montón de hojas secas. Aquella claridad alumbró durante un instante una pequeña vivienda, que parecía absolutamente abandonada. En el fondo había una chimenea tosca con cenizas frías y un brazado de leña seca. Pencroff arrojó en ella las hierbas inflamadas, la leña ardió y se produjo un vivo resplandor. El marino y sus dos compañeros vieron entonces una cama en desorden, cuyas ropas húmedas y amarillentas probaban que no servían hacía largo tiempo; en un rincón de la chimenea había dos calderos cubiertos de orín, y una marmita boca abajo. Junto a la puerta había un armario con algunos vestidos de marino, deteriorados por la humedad; en una mesa, un cubierto de estaño y una Biblia, también enmohecida, y en un rincón algunos instrumentos: una pala, un azadón, un pico, dos escopetas de caza, una rota; en una tabla, formando estante, un barril de pólvora intacto, otro de plomo y varias cajas de pistones; todo cubierto de una espesa capa de polvo, que quizá se había acumulado durante largos años.
