La Isla misteriosa

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32. Los remordimientos del “salvaje”, a quien dejan libre

Sí, el desdichado había llorado. Algún recuerdo había atravesado su espíritu y, según la expresión de Ciro Smith, había vuelto a ser hombre por medio de las lágrimas.

Los colonos le dejaron en la meseta un rato y se alejaron un poco para que pudiese llorar libremente, pero no pensó aprovecharse de aquella libertad para huir, y Ciro Smith lo llevó otra vez al Palacio de granito. Dos días después de esta escena, el desconocido pareció inclinarse poco a poco a participar de la vida común. Era evidente que oía, que comprendía, pero también que se obstinaba en no hablar a los colonos, porque una tarde, Pencroff, escuchando a la puerta de su cuarto, oyó que se escapaban estas palabras de sus labios:

-¡No! ¡Aquí yo! ¡Jamás!

El marino refirió estas palabras a sus compañeros.

-Aquí hay un doloroso misterio -dijo Ciro Smith. El desconocido había comenzado a utilizar los instrumentos de labranza y trabajaba en la huerta.


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