La Isla misteriosa
La Isla misteriosa En cuanto a ir en su busca, tratar de encontrarlo en aquellas condiciones, era imposible.
La caza formó el único plato de la cena. Se comió con ganas aquella carne, que estaba excelente. Pencroff y Harbert, a quienes su excursión les habÃa abierto el apetito, la devoraron.
Después cada uno se retiró al rincón donde habÃan descansado la noche precedente. Harbert no tardó en dormirse cerca del marino, que se habÃa tendido a lo largo, próximo a la lumbre.
Fuera, la tempestad, a medida que avanzaba la noche, tomaba proporciones mayores. Era un vendaval comparable al que habÃa llevado a los prisioneros desde Richmond hasta aquella tierra del PacÃfico; tempestades frecuentes durante la época del equinoccio, fecundas en catástrofes, terribles sobre todo en aquel ancho campo, que no ponÃa ningún obstáculo a su furor. Se comprende, pues, que una costa tan expuesta al este, es decir, directamente a los golpes del huracán y batida de frente, lo fuese con una fuerza de la cual ninguna descripción puede dar idea.