La Isla misteriosa

La Isla misteriosa

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En fin, por una razón o por otra, en el mes de junio arreció el frío con su violencia acostumbrada y los colonos tuvieron que permanecer encerrados muchos días en el Palacio de granito. Este secuestro les parecía insufrible a todos, especialmente a Gedeón Spilett.

-Mira tú -dijo un día a Nab-, te daría por acta notarial todas las herencias que debo recibir, si fueras tan bueno que me suscribieras a un periódico. Decididamente lo que falta para mi felicidad es saber todas las mañanas lo que ha pasado el día antes fuera de mi domicilio. Nab se echó a reír.

-Sin embargo -dijo-, lo que a mí me preocupa son mis quehaceres diarios.

La verdad era que no faltaba trabajo lo mismo dentro que fuera de la casa. La colonia de la isla Lincoln estaba entonces en su más alto grado de prosperidad, al cual había llegado después de tres años de asiduos trabajos. El incidente de la destrucción del brick había sido un nuevo manantial de riquezas. Sin hablar del aparejo completo que serviría para el buque que estaba construyéndose, llenaban a la sazón los almacenes del Palacio de granito: utensilios, instrumentos útiles de toda especie, armas, municiones y vestidos. No había sido necesario recurrir a la fabricación de gruesas telas de fieltro. Si los colonos habían tenido frío durante su primer invierno, la mala estación podía volver sin que tuvieran que temer sus rigores. 


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