La Isla misteriosa
La Isla misteriosa No se economizaba el combustible, que crecía a pocos pasos de distancia, y, además, lo superfluo de la madera destinada a la construcción del buque permitió economizar la hulla, que exigía más trabajo para traerla. Hombres y animales gozaban de buena salud. Maese Jup se mostraba un poco friolero, único defecto que tenía el orangután, y hubo que hacerle una buena bata bien forrada de algodón. Aquel criado tan diestro, tan celoso e infatigable, discreto y nada charlatán, con razón hubiera podido ser presentado como modelo a todos sus colegas bípedos del Antiguo y del Nuevo Mundo.
-Al fin y al cabo -decía Pencroff-, cuando uno puede disponer de cuatro manos, es más fácil desempeñar convenientemente sus tareas. Y las desempeñaba perfectamente el diestro cuadrúmano. Durante los siete meses que transcurrieron desde las últimas investigaciones realizadas alrededor de la montaña y durante el mes de septiembre, en que volvieron los días buenos, no hubo ocasión de hablar del genio de la isla, porque su acción no se manifestó en ninguna circunstancia. Es verdad que habría sido inútil, porque ningún incidente vino a poner a prueba a los colonos.