La vuelta al mundo en 80 dÃas
La vuelta al mundo en 80 dÃas Nadie sabÃa que tuviese mujer ni hijos —cosa que puede suceder a la persona más decente del mundo—, ni parientes ni amigos —lo cual era en verdad algo más extraño—. Phileas Fogg vivÃa solo en su casa de Saville Row, donde nadie penetraba. Un criado único le bastaba para su servicio. Almorzando y comiendo en el club a horas cronométricamente determinadas, en el mismo comedor, en la misma mesa, sin tratarse nunca con sus colegas, sin convidar jamás a ningún extraño, sólo volvÃa a su casa para acostarse a la media noche exacta, sin hacer uso en ninguna ocasión de los cómodos dormitorios que el Reform Club pone a disposición de los miembros del cÃrculo. De las veinticuatro horas del dÃa, pasaba diez en su casa, que dedicaba al sueño o al tocador. Cuando paseaba, era invariablemente y con paso igual, por el vestÃbulo que tenÃa mosaicos de madera en el pavimento, o por la galerÃa circular coronada por una media naranja con vidrieras azules que sostenÃan veinte columnas jónicas de pórfido rosa. Cuando almorzaba o comÃa, las cocinas, la reposterÃa, la despensa, la pescaderÃa y la lecherÃa del club eran las que con sus suculentas reservas proveÃan su mesa; los camareros del club, graves personas vestidas de negro y calzados con zapatos de suela de fieltro, eran quienes le servÃan en una vajilla especial y sobre admirables manteles de lienzo sajón; la cristalerÃa o molde perdido del club era la que contenÃa su sherry, su oporto o su clarete mezclado con canela, capilaria o cinamomo; en fin, el hielo del club —hielo traÃdo de los lagos de América a costa de grandes desembolsos—, conservaba sus bebidas en un satisfactorio estado de frialdad.