La vuelta al mundo en 80 días
La vuelta al mundo en 80 días Se bajaron las últimas cuestas de los Vindhias. Kiouni seguía su marcha rápida, y hacia mediodía el guía dio vuelta al villorrio de Kallengen, situado sobre el Cani, uno de los subafluentes del Ganges. Evitaba siempre los parajes habitados, creyéndose más seguro en el campo desierto, donde se encuentran las primeras depresiones de la cuenca del gran río. La estación de Allahabad estaba a doce millas al Nordeste. Se hizo alto bajo un bosquecillo de bananos, cuya fruta tan sana como el pan, y tan suculenta como la crema, dicen los viajeros, fue muy apreciada.
A las dos, el guía entró bajo la cubierta de una selva espesa, que debía atravesar por un espacio de muchas millas. Prefería bajar así a cubierto de los bosques. En todo caso, no había tenido hasta entonces ningún encuentro sensible, y el viaje debía cumplirse al parecer sin accidentes, cuando el elefante, dando algunas señales de inquietud, se paró de repente.
Eran entonces las cuatro.
—¿Qué hay? —preguntó sir Francis Cromarty quien sacó la cabeza fuera de su cuévano.
—No lo sé —respondió el parsi prestando oído a un murmullo que pasaba por la espesa enramada.
Algunos instantes después el murmullo fue más perceptible. Parecía un concierto, distante aún, de voces humanas y de instrumentos de cobre.