La vuelta al mundo en 80 días

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Locura hubiera sido, y no podía admitirse que aquel hombre estuviera loco hasta ese extremo. Sin embargo, sir Francis consintió en aguardar hasta el desenlace de tan terrible escena; pero el guía no dejó a sus compañeros en el paraje donde se habían refugiado, sino que los llevó al sitio que precedía a la plazoleta donde dormían los indios. Abrigados nuestros viajeros por un grupo de árboles, podían observar lo que había de pasar sin ser visto.

Entretanto, Picaporte, sentado sobre las primeras ramas de un árbol, estaba rumiando una idea que primeramente había cruzado por su mente como un relámpago, y acabó por incrustarse en su cerebro.

Había comenzado por decir para sí: «¡Qué locura!». Y ahora repetía: «¿Y porqué no? ¡Es una probabilidad, tal vez la única, y con semejantes brutos…!».

En todo caso, Picaporte no formuló de otro modo su pensamiento; pero no tardó en deslizarse con una flexibilidad de serpiente bajo las ramas inferiores del árbol, cuya extremidad se inclinaba hacia el suelo.

Pasaban las horas, y bien pronto algunos matices menos sombríos anunciaron la proximidad del día. La oscuridad era profunda sin embargo.

Aquel era el momento preciso. Hubo como una resurrección en la multitud adormecida. Los grupos se animaron. Había llegado para la desdichada víctima la hora de la muerte.


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