La vuelta al mundo en 80 días
La vuelta al mundo en 80 días Picaporte se dejó caer sobre su sillón como herido del rayo. Acababa de ocurrírsele, súbitamente, una idea clara. Recordó que la hora de salida del Carnatic se había adelantado, y que no se lo había avisado a su amo. ¡Era culpa suya, por consiguiente, que el señor Fogg y la princesa Aouda hubiesen perdido el viaje!
¡Culpa suya, sí, pero más todavía del traidor que, para separarlo de su amo, y detener a éste en Hong Kong, lo había embriagado! Porque, al fin, comprendió el ardid del inspector de policía. ¡Y ahora el señor Fogg, seguramente arruinado, perdida la apuesta, detenido, preso tal vez!… Picaporte se arrancaba los pelos. ¡Ah, si Fix cayese alguna vez entre sus manos, qué ajuste de cuentas!
En fin, después de los primeros momentos de postración, Picaporte recobró su sangre fría, y estudió la situación, que era poco envidiable. El francés estaba en rumbo para el Japón. Cierto de su llegada allí ¿cómo se marcharía? Tenía los bolsillos vacíos. ¡Ni un chelín, ni un penique! Sin embargo, su pasaje y manutención estaban pagados de antemano. Contaba, pues, con cinco o seis días para pensar la resolución que debía tomar. Comió y bebió durante la travesía, cual no puede describirse. Comió por su amo, por la princesa Aouda y por sí mismo. Comió como si el Japón, adonde iba a desembarcar, hubiera sido país desierto, desprovisto de toda substancia comestible.