La vuelta al mundo en 80 dÃas
La vuelta al mundo en 80 dÃas Picaporte se detuvo paseando durante algunas horas entre aquella muchedumbre abigarrada, mirando también las curiosas y opulentas tiendas, los bazares en que se aglomeraba todo el oropel de la platerÃa japonesa, los restaurantes, adornados con banderolas y banderas, en los cuales estaba prohibido entrar y esas casas de té, donde se bebe, a tazas llenas, el agua odorÃfera con el sakÃ, licor sacado del arroz fermentado, y esos confortables fumaderos, donde se aspira un tabaco muy fino, y no por el opio, cuyo uso es casi desconocido en el Japón.
Después, Picaporte se encontró en la campiña, en medio de inmensos arrozales. Allà ostentaban sus últimos colores y sus últimos perfumes las brillantes camelias, nacidas, no ya en arbustos, sino en árboles; y dentro de las cercas de los bambúes, se veÃan cerezos, ciruelos, manzanos, que los indÃgenas cultivan más bien por sus flores que por sus frutos, y que están defendidos contra los pájaros, palomas, cuervos, y otras aves, por medio de maniquÃes haciendo muecas o con torniquetes, chillones. No habÃa cedro majestuoso que no abrigase alguna águila, ni sauce bajo el cual no se encontrase alguna garza, melancólicamente posada sobre una pata; en fin, por todas partes habÃa cornejas, patos, gavilanes, gansos silvestres y muchas de esas grullas, a las cuales tratan los japoneses de señorÃas, porque simbolizan, para ellos, la longevidad y la dicha.
Al andar asà vagando, Picaporte descubrió algunas violetas entre las hierbas.