La vuelta al mundo en 80 dÃas
La vuelta al mundo en 80 dÃas —¡Bueno! —dijo—. Ya tengo cena.
Pero las olió, y no tenÃan perfume alguno.
—¡No tengo suerte! —pensó para sus adentros.
Cierto es que el buen muchacho habÃa almorzado, por previsión, todo lo copiosamente que pudo, antes de salir del Carnatic, pero después de un dÃa de paseo, se sintió muy hueco el estómago. Bien habÃa observado que en la muestra de los carniceros faltaba el carnero, la cabra o el cerdo, y como sabÃa que es un sacrilegio matar bueyes, únicamente reservados a las necesidades de la agricultura, habÃa deducido que la carne andaba escasa en el Japón. No se engañaba; pero, a falta de todo eso, su estómago se hubiera arreglado con jabalÃ, gamo, perdices o codornices, ave o pescado con que se alimentan exclusivamente los japoneses, juntamente con el producto de los arrozales. Pero debió hacer de tripas corazón, y dejar para el dÃa siguiente el cuidado de proveer a su manutención.
Llegó la noche, y Picaporte regresó a la ciudad indÃgena, vagando por las calles, en medio de faroles multicolores, viendo a los farsantes ejecutar sus maravillosos ejercicios, y a los astrólogos que, al aire libre, reunÃan a la gente alrededor de su telescopio. Después, volvió al puerto, esmaltado con las luces de los pescadores, que atraÃan los peces por medio de antorchas encendidas.