La vuelta al mundo en 80 días
La vuelta al mundo en 80 días Para terminar, se había anunciado especialmente al público la pirámide humana, en la cual unos cincuenta narigudos debían figurar la carroza de Jaggernaut. Pero en vez de formar esta pirámide tomando los hombros como punto de apoyo, los artistas del honorable Batulcar debían sustentarse narices con narices. Se había marchado de la compañía uno de los que formaban la base de la carroza, y como bastaba para ello ser vigoroso y hábil, Picaporte había sido elegido para reemplazarlo.
¡Ciertamente que el pobre mozo se sintió muy compungido —triste recuerdo de la juventud—, cuando endosó su traje de la Edad Media, adornado de alas multicolores, y se vio aplicar sobre la cara una nariz de seis pies! Pero, al fin, esa nariz era su pan, y tuvo que resignarse a dejársela poner.
Picaporte entró en escena y fue a colocarse con aquellos de sus compañeros que debían figurar la base de la carroza de Jaggernaut. Todos se tendieron por tierra, con la nariz elevada hacia el cielo. Una segunda sección de equilibristas se colocó sobre los largos apéndices, una tercera después, y luego una cuarta, y sobre aquellas narices, que sólo se tocaban por la punta, se levantó un monumento humano hasta la cornisa del teatro.
Los aplausos redoblaban, y los instrumentos de la orquesta resonaban como otros tantos truenos, cuando, conmoviéndose la pirámide, el equilibrio se rompió, y, saliéndose de quicio una de las narices de la base, el monumento se desmoronó cual castillo de naipes…