La vuelta al mundo en 80 dÃas
La vuelta al mundo en 80 dÃas La princesa Aouda, asida del brazo de Phileas Fogg, miraba con sorpresa aquella escena tumultuosa y Fix iba a preguntar a uno de sus vecinos la razón de aquella efervescencia popular, cuando se pronunció un movimiento más decidido. Redoblaron los vÃtores sazonados con injurias. Los mástiles de las banderas se transformaron en armas ofensivas. Ya no habÃa manos, sino puños, en todas partes. Desde lo alto de los coches detenidos y de los ómnibus interceptados en su marcha, se repartÃan sendos porrazos. Todo servÃa de proyectil. Botas y zapatos describÃan por el aire largas trayectorias, y hasta pareció que algunos revólveres mezclaban con las vociferaciones sus detonaciones nacionales.
Aquella barahúnda se acercó a la escalera y afluyó sobre las primeras gradas. Uno de los partidarios era evidentemente rechazado, sin que los simples espectadores pudieran reconocer si la ventaja estaba de parte de Madiboy o de Kamerfield.
—Creo prudente retirarnos —dijo Fix, que no tenÃa empeño en que su hombre recibiese un mal golpe o se mezclase en un mal negocio—. Si se trata en todo esto de Inglaterra, y nos llegan a conocer, nos veremos muy comprometidos en el tumulto.
—Un ciudadano inglés… —respondió Phileas Fogg.
Pero el caballero no terminó su frase. Detrás de él, desde aquella terraza precedida de las gradas, salieron espantosos alaridos.