La vuelta al mundo en 80 dÃas
La vuelta al mundo en 80 dÃas Pero conviene hacer observar aquà —y esto da más fácil explicación al hecho— que el Banco de Inglaterra parece que se desvive por demostrar al público la alta idea que tiene de su dignidad. Ni hay guardianes, ni ordenanzas, ni redes de alambre. El oro, la plata, los billetes, están expuestos libremente, y, por decirlo asÃ, a disposición del primero que llegue. En efecto, serÃa indigno sospechar en lo mÃnimo acerca de la caballerosidad de cualquier transeúnte. Tanto es asÃ, que hasta se llega a referir el siguiente hecho por uno de los más notables observadores de las costumbres inglesas: En una de las salas del Banco en que se encontraba un dÃa, tuvo curiosidad por ver de cerca una barra de oro de siete a ocho libras de peso que se encontraba expuesta en la mesa del cajero; para satisfacer aquel deseo, tomó la barra, la examinó, se la dio a su vecino, éste a otro, y asÃ, pasando de mano en mano, la barra llegó hasta el final de un pasillo oscuro, tardando media hora en volver a su sitio primitivo, sin que durante este tiempo el cajero hubiera levantado siquiera la cabeza.
Sin embargo el 29 de septiembre las cosas no sucedieron completamente del mismo modo. El legajo de billetes de banco no volvió, y cuando el magnÃfico reloj colocado encima del drawing office dio las cinco, la hora en que debÃa cerrarse el despacho, el Banco de Inglaterra no tenÃa más recurso que asentar cincuenta y cinco mil libras en la cuenta de ganancias y de pérdidas.