La vuelta al mundo en 80 dÃas
La vuelta al mundo en 80 dÃas Más allá de Sacramento, el tren, después de pasar las estaciones de Junction, Roclin, Aubum y Colfax, penetró en el macizo de Sierra Nevada. Eran las siete de la mañana cuando pasó por la estación de Cisco. Una hora después, el dormitorio era de nuevo un vagón ordinario, y los viajeros podÃan ver por los cristales los pintorescos puntos de vista de aquel montañoso paÃs. El trazado del ferrocarril obedecÃa los caprichos de la sierra, yendo unas veces adherido a las faldas de la montaña, otras suspendido sobre los precipicios, evitando los ángulos bruscos por medio de curvas atrevidas, penetrando en gargantas estrechas, que parecÃan sin salida. La locomotora, brillante como unas andas, con su gran fanal, que despedÃa rojizos fulgores, su campana plateada, mezclaba sus silbidos y bramidos con los de los torrentes y cascadas, retorciendo su humo por las ennegrecidas ramas de los pinos.
HabÃa pocos túneles o ninguno, y no existÃan puentes. El ferrocarril seguÃa los contornos de las montañas no buscando en la lÃnea recta el camino más corto de uno a otro punto, y no violentando a la naturaleza.
Hacia las nueve, por el valle de Corson, el tren penetraba en el estado de Nevada, siguiendo siempre la dirección del Nordeste. A las doce pasaba por Reno, donde los viajeros tuvieron veinte minutos para almorzar.