La vuelta al mundo en 80 días

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La princesa Aouda y Fix pudieron temer por un momento que el señor Fogg bajase a la vía, pero el caballero se contentó con decir a su criado:

—Id a ver lo que es eso.

Picaporte salió, y unos cuarenta viajeros habían dejado ya sus puestos, entre ellos el coronel Steam Proctor.

El tren se había parado ante una señal roja, y el maquinista, así como el conductor, altercaban vivamente con un guardavía que había sido enviado al encuentro del convoy por el jefe de Medicine Bow, la estación inmediata. Tomaban parte de la discusión algunos viajeros que se habían acercado, y entre otros, el referido coronel Proctor, con altaneras palabras e imperiosos ademanes.

Picaporte oyó decir al guardavía:

—¡No! ¡No hay medio de pasar! El puente de Medicine Bow está resentido y no aguantaría el peso del tren.

El puente de que se trataba era colgante, y cruzaba sobre el torrente, a una milla del sitio donde se había parado el tren. Según el guardavía, muchos alambres estaban rotos, y el puente amenazaba ruina, siendo imposible arriesgarse y pasarlo. El guardavía no exageraba al afirmarlo y es preciso tener en cuenta que, con los hábitos de los americanos, cuando son ellos prudentes, sería locura no serlo.

Picaporte, que no se atrevía a contárselo a su amo, estaba oyendo lo que decían, quieto como una estatua y apretando los dientes.


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