La vuelta al mundo en 80 días
La vuelta al mundo en 80 días ¡Cómo no! Muy gozosos se mostraron los viajeros en complacer a los contendientes, y se retiraron a la galería.
El vagón, que tenía unos cincuenta pies de largo, se prestaba muy bien para el caso. Los adversarios podían marchar uno contra otro entre las banquetas y fusilarse a su gusto. Nunca hubo duelo más fácil de arreglar. El señor Fogg y el coronel Proctor, provistos cada uno de dos revólveres, entraron en el vagón. Sus testigos los encerraron. Al primer silbido de la locomotora debía comenzar el fuego. Y luego, después de un transcurso de dos minutos, se sacaría del coche lo que quedase de los dos caballeros.
Nada más sencillo, a la verdad; y tan sencillo, por cierto, que Fix y Picaporte sentían su corazón latir hasta romperse.
Se esperaba el silbido convenido, cuando resonaron de repente unos gritos salvajes, acompañados de tiros que no procedían del vagón ocupado por los duelistas. Los disparos se escuchaban, al contrario, por la parte delantera y sobre toda la línea del tren; en el interior de éste se oían gritos de furor.
El coronel Proctor y el señor Fogg, con revólver en mano, salieron al instante del vagón, y corrieron adelante donde eran más ruidosos los tiros y los disparos.
Habían comprendido que el tren era atacado por una banda de sioux.