La vuelta al mundo en 80 dÃas
La vuelta al mundo en 80 dÃas El capitán Speedy comenzó a rascase la frente, como si hubiese querido arrancarse la epidermis. Ocho mil dólares que ganar, sin modificar el viaje, valÃan bien la pena de dejar a un lado sus antipatÃas hacia todo pasajero, pasajeros a dos mil dólares, por otra parte, no son ya pasajeros, sino mercancÃa preciosa.
—Parto a las nueve —dijo nada más el capitán Speedy—, y si vos y los vuestros no estáis aquÃ…
—¡A las nueve estaremos a bordo! —respondió con no menos laconismo Phileas Fogg.
Eran las ocho y media. Desembarcar de la Enriqueta, subir a un coche, dirigirse al hotel de San Nicolás, traer a Aouda, Picaporte y el inseparable Fix, a quien ofreció pasaje gratis todo lo hizo el caballero con la calma que no le abandonaba nunca.
En el momento en que la Enriqueta aparejaba, los cuatro estaban a bordo.
Cuando supo Picaporte lo que costarÃa esta última travesÃa, prorrumpió en un prolongado ¡oh!, de esos que recorren todas las notas de la escala cromática descendente.
En cuanto al inspector Fix, pensó que el Banco de Inglaterra no saldrÃa indemnizado de este negocio. En efecto, al llegar, y admitiendo que el señor Fogg echase todavÃa algunos puñados de billetes al mar, faltarÃan más de siete mil libras en el saco.