La vuelta al mundo en 80 días
La vuelta al mundo en 80 días Phileas Fogg pretendía ganar también las doce horas que sacaba de ventaja al correo de América. En lugar de llegar al día siguiente por la tarde, con la Enriqueta, a Liverpool, llegaría a mediodía, y le quedaría tiempo para estar en Londres a los ocho y cuarenta y cinco minutos de la tarde.
A la una de la mañana, la Enriqueta entraba con la pleamar en el puerto de Queenstown, y Phileas Fogg, después de haber recibido un apretón de manos del capitán Speedy, lo dejaba en el casco raso de su buque, que todavía valía la mitad de lo recibido.
Los pasajeros desembarcaron al punto. Fix tuvo entonces intención decidida de prender al señor Fogg, y, sin embargo, no lo hizo. ¿Por qué? ¿Existían dudas en su ánimo? ¿Reconocía, al fin, que se había engañado?
Sin embargo, Fix no abandonó al señor Fogg. Con él, con la princesa Aouda, con Picaporte, que no tenía tiempo de respirar, subía al tren de Queenstown, a la una y media de la mañana, llegaba a Dublín al amanecer, y se embarcaba en uno de esos vapores fusiformes, de acero, todo máquina, que desdeñándose subir con las olas, pasan invariablemente al través de ellas.
A las doce menos veinte, el 21 de diciembre, Phileas Fogg desembarcaba, por fin, en el muelle de Liverpool. Ya no estaba más que a seis horas de Londres.
Pero en aquel momento, Fix se acercó, le puso la mano en el hombro, y exhibiendo su mandamiento, le dijo: