La vuelta al mundo en 80 dÃas
La vuelta al mundo en 80 dÃas Picaporte hubiera querido responder, pero no pudo. Salió del cuarto del señor Fogg, subió al suyo, cayó sobre una silla, y empleando una frase vulgar de su paÃs dijo para sÃ:
—¡Esto sà que es…! ¡Yo que querÃa estar tranquilo!
Y maquinalmente hizo sus preparativos de viaje. ¡La vuelta al mundo en ochenta dÃas! ¿Estaba su amo loco? No… ¿Era broma? Si iban a Dover, bien. A Calais, conforme. En suma, esto no podÃa contrariar al buen muchacho, que no habÃa pisado el suelo de su patria en cinco años. Quizás se llegarÃa hasta ParÃs, y ciertamente que volverÃa a ver con gusto la gran capital, porque un caballero tan economizador de sus pasos se detendrÃa allÃ… SÃ, indudablemente; ¡pero no era menos cierto que partÃa, que se movÃa ese caballero, tan casero hasta entonces!
A las ocho, Picaporte habÃa preparado el modesto saco que contenÃa su ropa y la de su amo; y después, perturbado todavÃa de espÃritu, salió del cuarto, cerró cuidadosamente la puerta, y se reunió con el señor Fogg.
El señor Fogg ya estaba listo. Llevaba debajo del brazo el Brandshaw’s Continental Railway, Steam Transit and general Guide, que debÃa suministrar todas las indicaciones necesarias para el viaje. Tomó el saco de las manos de Picaporte, lo abrió, y deslizó en él un paquete de esos hermosos billetes de banco que corren en todos los paÃses.