La vuelta al mundo en 80 dÃas
La vuelta al mundo en 80 dÃas Por consiguiente, nada pensaba ver de las maravillas de Bombay, ni la municipalidad, ni la magnÃfica biblioteca, ni los fuertes, ni los docks, ni el mercado de algodones, ni los bazares, ni las mezquitas, ni las sinagogas, ni las iglesias armenias, ni la espléndida pagoda de Malebar Hill, adornada con dos torres poligonales. No contemplarÃa ni las obras maestras de Elefanta, ni sus misteriosas hipogeas, ocultas al sureste de la rada, ni las grutas kankerias de la isla de Salcette; esos admirables vestigios de la arquitectura budista. ¡No, nada! Al salir de la oficina de pasaportes, Phileas Fogg se fue sosegadamente a la estación, y allà se hizo servir la comida. Entre otros manjares, el fondista creyó deber recomendarle cierto guisado de conejo del paÃs, que le ponderó mucho.
Phileas Fogg aceptó el guisado y lo probó concienzudamente, pero, a pesar de la salsa, lo halló detestable.
Llamó al fondista.
—Señor —le dijo mirándole cara a cara—, ¿es esto conejo?
—SÃ, milord —respondió descaradamente el bribón—, conejo de esta tierra.
—¿Y no ha maullado cuando lo han matado?
—¡Maullado! ¡Oh, mi lord! ¡Un conejo! Os juro…