Las Indias Negras
Las Indias Negras -¡Una llama! -exclamó.
-¡No,Nell! No es una llama, es una flecha de oro que el sol arroja sobre el monumento de Walter Scott.
El día había comenzado. Pronto el sol desbordó el horizonte. Su disco redondo parecía húmedo todavía por el aparente baño de mar que recibiera.
Nell debió cerrar sus ojos de inmediato. Harry quiso hacerla volver de espaldas, pero ella se negó.
-No, Harry -dijo-. Debo acostumbrarme...
Por fin pudo abrir los ojos lentamente, y cayó de hinojos, dando gracias a Dios por tanta hermosura.
Luego bajó la mirada y dejó vagar sus ojos por los alrededores, hasta que abarcó todo el soberbio panorama que se le ofrecía. Por fin, temblorosa, sin poder hablar, se sintió desvanecer, y cayó en los brazos de Harry, prestos para recibirla.
Aquella muchacha, cuya existencia transcurriera hasta ese día en las entrañas de la tierra, había por fin contemplado las maravillas de la Creación. Sus miradas, tras haber planeado sobre la ciudad y el campo, se extinguieron sobre la inmensidad del mar y lo infinito del cielo. 104