Las Tribulaciones de un chino en China
Las Tribulaciones de un chino en China Donde Kin-Fo hace a Wang una proposición seria y Wangla acepta no menos seriamente
El filósofo no se había acostado todavía. Tendido sobre un diván, leía el último número de La Gaceta de Pekín. Sus cejas estaban fruncidas, lo cual indicaba que el periódico dirigía algunos cumplimientos a la dinastía reinante de los Tsin.
Kin-Fo empujó la puerta, entró en el cuarto, se arrojó sobre un sillón y, sin más preámbulo, dijo:
—Wang, vengo a pedirte un favor.
—¡Diez mil que quieras! —respondió el filósofo, arrojando el periódico oficial—. Habla, habla, hijo mío, habla sin temor. Cualquiera que sea ese favor, yo te lo otorgo de antemano.
—El que espero de ti, —dijo Kin-Fo—, es de ellos que un amigo no puede hacer más que una vez. Cuando me lo hayas hecho, te perdono los 9999 restantes, y añado que no debes esperar que te de las gracias.
—El más hábil explicador de las cosas inexplicables, no te entendería. ¿De qué se trata?
—Wang, —dijo Kin-Fo—, estoy arruinado.
—¡Ah! —exclamó el filósofo, con el tono de un hombre a quien dan una noticia que considera más bien buena que mala.
