Los exploradores del siglo XIX
Los exploradores del siglo XIX El 4 de agosto de 1803, los dos bajeles, completamente provistos y conduciendo ciento treinta y cuatro personas, dejaron la rada de Cronsladt. Hicieron dos breves paradas en Copenhague y en Falmouht, con el fin de reponer una partida de salazones que habían adquirido en Hamburgo y de calafatear la Nadiejeda, cuyas costuras se habían abierto durante un temporal que asaltó a la expedición en el mar del Norte.
Después de un breve descanso en Canarias, Krusenstern buscó en vano, como lo había hecho La Perouse, la isla de la Ascensión, sobre cuya existencia estaban divididas las opiniones hacia trescientos años. Luego llegó al Cabo Frío, del que no pudo fijar exactamente la posición, a pesar del vivo deseo que tenía, porque las relaciones y las cartas más recientes variaban entre 23º 06' y 22º 34'. Después de haber reconocido las costas del Brasil, pasó entre las islas de Gal y de Alvarado, paso señalado sin razón como peligroso por La Perouse, y entró el 21 de diciembre de 1803 en Santa Catalina.
La necesidad de reemplazar el palo mayor y el de mesana de la Neva, detuvo durante cinco semanas a Krusenstern en esta isla, donde mereció de las autoridades portuguesas la más solícita acogida.