Los exploradores del siglo XIX
Los exploradores del siglo XIX Con una lluvia diluviana habían ya recorrido un largo espacio, cuando se encontraron de pronto frente de una casa levantada sobre estacas y cubierta con hojas de palmera. A alguna distancia estaba agazapado entre los matorrales un joven salvaje que parecía espiarlos, y un poco más lejos un montón como de una docena de cocos, recientemente cogidos y colocados tan bien a la vista, que parecía convidar a los paseantes a que refrescasen. Los franceses comprendieron que aquélla era una ofrenda del joven salvaje que habían visto, e hicieron honor al regalo que tan a propósito venía. Bien pronto el indígena, asegurado por el aspecto pacífico de los franceses, se adelantó diciendo:
—¡Bongous!, «bien»; e indicando que los cocos habían sido colocados allí por él para ofrecérselos. Su delicada atención fue recompensada con el regalo de un collar y unos pendientes.
En el momento en que d’Urville volvía a tomar su embarcación, encontró una docena de papúes, que retozaban, comían y parecían estar con los mejores ánimos respecto de los marineros de su canoa.