Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur

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Aumentaron los ruidos lejanos, sordos, amenazadores, como el estruendo de un trueno que no viniera del cielo. Aquellos rugidos debían proceder de una tempestad desencadenada en los flancos de la montaña; Glenarvan quiso averiguar qué pasaba y salió al aire libre. La luna se había elevado, la atmósfera estaba serena, por ningún lado aparecían nubes ni el cielo era cortado por relámpagos, en lo alto brillaban millares de estrellas, sólo se veían algunos reflejos rojizos en la boca del volcán. Los extraños ruidos no cesaban; Glenarvan volvió a la choza, inquieto, pensando si tendrían relación con la fuga de los guanacos. Aunque sentía temor, no tenía la seguridad de un peligro inmediato, así que volvió a acostarse junto a sus compañeros que, rendidos por la fatiga, dormían profundamente. Al poco rato él también se sintió dominado por el sueño.

Poco después lo obligó a ponerse de pie un violento estruendo sólo comparable al entrecortado ruido de numerosos carros de artillería que rodasen sobre un pavimento sonoro. Luego sintió que el suelo se hundía a sus pies y vio que la choza oscilaba.

- ¡Alerta! -exclamó.



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