Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur
Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur - ¿Está seguro? -preguntó Glenarvan.
-Absolutamente.
-Pero, ¿qué fenómeno ha podido asustar tanto a estos animales para obligarlos a correr tan desesperados a la hora en que debían estar descansando en sus guaridas?
-Eso sí que no puedo contestarlo. Pero me muero de sueño y propongo que durmamos. Todos aceptaron, se envolvieron en sus ponchos y a los pocos minutos se elevaban ronquidos formidables en todos los tonos.
Glenarvan era el único que no dormía, lo desvelaba el recuerdo de esa manada de guanacos que huía despavorida. Si no eran perseguidos por fieras, que no existen a esa altura, ni por cazadores, ¿por qué se precipitaban como enloquecidos? El presentimiento de un próximo peligro lo desvelaba.
Poco a poco se fue apoderando de él una pesada somnolencia y, mezclada con sus temores, aparecía la esperanza de estar próximos al lugar de su verdadera búsqueda. Entre sueños veía al capitán Grant y a sus marineros prisioneros de los indios. De tanto en tanto se distraía mirando las caras de sus compañeros dormidos, iluminadas por el fuego encendido o las sombras que se agitaban en las paredes por el movimiento de las llamas; también oía los ruidos exteriores, difíciles de explicar en aquellas cumbres solitarias.