Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur
Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur Roberto, después de salvarse de tan enorme peligro, casi corre otro: el de morir por los abrazos y las caricias de todos. Pero el afecto no mata y, por el contrario, Roberto comenzó a reponerse.
Salvado el valeroso niño, todos pensaron en el salvador y comenzaron a buscarlo; en efecto, a pocos pasos del río permanecía un hombre de elevada estatura, a sus pies se hallaba una antigua escopeta. Tenía hombros anchos, largos cabellos y un rostro bronceado pintado con vivos colores en la frente y bajo los ojos. Llevaba una hermosa capa de piel de guanaco cosida con tendones de avestruz; bajo esta capa se veía un traje de piel de zorro ajustado en su cintura de la que pendía una bolsita de cuero. Sus botas eran de piel de toro bien ajustadas al pie con correas de cuero. La figura del patagón era soberbia y su cara muy inteligente, a pesar de estar pintarrajeada. Aguardaba inmóvil, parecía una verdadera estatua sobre un pedestal de piedra. Glenarvan se acercó y le apretó fuertemente las manos; eran tan claras su alegría y gratitud que el indígena sin duda las leyó en su rostro y le contestó algunas palabras que ni Glenarvan ni el mayor, que estaba cerca, pudieron entender.
El patagón, después de mirarlos atentamente, pronunció unas palabras que nadie entendió, pero que a lord Glenarvan le parecieron familiares.
-¿Español? -le preguntó.