Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur

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Thalcave, sin tener en cuenta la admiración que despertaba sobre su elegante cabalgadura, se puso al frente de los viajeros e iniciaron la marcha al galope o al paso, pues los animales desconocían el trote. Glenarvan vio a Roberto bien firme sobre su caballo y se tranquilizó. La llanura pampeana empieza prácticamente al pie de la cordillera; se la puede dividir en tres zonas: la primera está cubierta de maleza y arbustos; la segunda, por fina hierba, y la tercera, que abarca el ancho de Buenos Aires, la forman fértiles praderas de cardos. Al salir de la garganta de la cordillera los sorprendió ver un número considerable de médanos, montecitos de arena fina, verdaderas olas agitadas por el viento, que se levantaban en el aire hasta bastante altura. El espectáculo era curioso: se elevaban numerosos torbellinos que parecían vagar por la llanura, entremezclarse y golpearse, pero resultaba también muy molesto, ya que se metía un fino polvillo en los ojos.

Este fenómeno se mantuvo gran parte del día, lo que no impidió que los viajeros avanzaran a buen paso. Recorrieron setenta kilómetros y, al crepúsculo, estaban rendidos y deseosos de descansar. La cordillera empezaba a verse como una gran mole oscura. Con placer acamparon a orillas del rápido curso del río Neuquén.


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