Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur

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Cerca del rancho había un horno con frías cenizas y una vasija para hacer mate, bebida indígena que Thalcave preparó para todos y que bebieron con sumo agrado. El sol del 30 amaneció quemante; lanzaba a torrentes sus rayos abrasadores y a pesar de no divisarse ningún reparo reanudaron la marcha hacia el este. Encontraban con frecuencia enormes rebaños abrumados por el sol que no tenían fuerzas para pastar y permanecían echados junto con los perros que los cuidaban.

Cerca del mediodía empezó a variar el pasto. Aparecieron gigantescos cardos que hubieran sido la dicha de todos los asnos del mundo. La hierba era más escasa y se veía la tierra desnuda que no era cubierta por los pastos escasos; parecían los harapos de un mendigo que no alcanzaban a cubrir la miseria del suelo.

-No me disgusta esta variación, ya empezaba a fastidiarme tanto pasto, tanto pasto -dijo Tom Austin.

-Sí, pero mientras hay pasto, hay agua -respondió el mayor.

-Agua por ahora no nos falta -dijo Wilson-y algún río encontraremos por el camino. Si lo hubiera oído Paganel lo hubiera desmentido, pues los ríos no abundan entre el Colorado y las sierras bonaerenses, pero Paganel estaba ocupado en explicarle a Glenarvan de dónde provenía un insistente olor a humo que hacía rato sentían.


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