Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur
Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur -El termómetro debe marcar 300 a la sombra -respondió Paganel.
-No creo que esta temperatura se mantenga -intervino Glenarvan.
-Yo sÃ, pues no veo ni una nube en el horizonte -contestó Paganel.
-Será peor -respondió Glenarvan-pues nuestros caballos están asados.
-Y tú, Roberto, ¿no tienes calor? -No, el calor me gusta.
-Sobre todo en invierno -dijo juiciosamente el mayor.
A la caÃda de la tarde se detuvieron en un rancho abandonado; era una construcción de barro y ramas rodeada de un cerco que, aunque estaba medio podrido, era suficiente para poner a los caballos fuera del alcance de los zorros que durante la noche se acercan a roer las riendas que los sujetan y les dan asà la oportunidad para escapar.