Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur

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Estaban a menos de 300 km de la costa; sin obstáculos imprevistos en menos de cuatro días podrían llegar, pero a todos les mortificaba la idea de regresar sin el capitán Grant, tanto que esa mañana Glenarvan no dio las órdenes para iniciar la marcha. El mayor se encargó de todo y finalmente partieron. Roberto iba cabizbajo junto a Glenarvan que no se consolaba de su derrota; Paganel daba mil vueltas en su cabeza a las palabras del documento buscándole otra interpretación. Cerca del mediodía, los viajeros dejaron atrás las ondulaciones de las sierras y cabalgaron nuevamente por un terreno totalmente llano, cubierto de frescas hierbas y cruzado a cada paso por cursos de agua.

El tiempo, bueno hasta entonces, se tornó amenazador, el cielo se cubrió de nubarrones que por suerte no cumplieron sus amenazas ya que los viajeros no encontraron otro refugio para pasar la noche que sus propios ponchos.

Al día siguiente, a medida que avanzaban, encontraban un suelo cada vez más húmedo y debieron cruzar con dificultad numerosas lagunas y difíciles pantanos cubiertos de plantas acuáticas.

De pronto, Roberto, que se había adelantado, volvió a la carrera gritando:

- ¡Un bosque de cuernos! ¡Paganel! ¡Paganel!

-¿Cómo? -respondió el sabio.

-Sí, sí, por lo menos un bosquecillo.


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