Los Hijos del Capitán Grant en la América del Sur

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A los gestos del guía, todos se precipitaron tras de él, al tiempo que vieron, hacia el sur, que una inmensa montaña de agua invadía la llanura y la convertía en un océano de gruesas olas que arrancaban los pastos. De esta mole de agua que parecía perseguirlos huían los viajeros buscando, sin hallarlo, algún lugar donde refugiarse, el cielo y el agua se confundían en el horizonte. Los caballos, espantados, iban a todo galope, mientras que los jinetes pensaban que el agua ya los alcanzaba. Espoleaban a las pobres bestias de cuyos ijares salían chorros de sangre; marchaban enredándose en las plantas, tropezando y cayendo y volviéndose a levantar en una carrera desesperada, pero el nivel de las aguas subía sensiblemente y las ondulaciones anunciaban que aquella mole estaba cada vez más cerca.

Un cuarto de hora después, el agua ya llegaba al pecho de los caballos que avanzaban con gran dificultad; todos se creían perdidos y condenados a morir como si hubieran naufragado en alta mar. Se reconocían impotentes para luchar con las fuerzas desatadas de la naturaleza; su salvación no estaba en sus manos.

A los pocos minutos, los caballos avanzaban a nado, empujados por la corriente que debía arrastrarlos a casi 40 km por hora.

Toda esperanza parecía inútil cuando se oyó al mayor que gritaba:

- ¡Un árbol!


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