Matias Sandorf
Matias Sandorf UN APRETÓN DE MANOS DE CAP MATIFOU
Si el conde Matías Sandorf, como es sabido, había querido continuar siendo el doctor, si no para Pedro, al menos para todo el personal de la colonia, es que entraba en sus designios seguir siéndolo hasta la completa terminación de su obra. Así es que, cuando inesperadamente fue pronunciado por madame Bathory él nombre de su hija, tuvo suficiente imperio sobre sí mismo para dominar su emoción. Sin embargo, su corazón había cesado de latir un instante, y a ser menos dueño de sí, hubiera caído sobre el dintel de la puerta de la capilla como herido por un rayo.
¿Conque es decir que su hija vivía? ¿Conque es decir que amaba a Pedro, y era amada a su vez? ¿Y era él, Matías Sandorf, quien había hecho todo lo posible por impedir esa unión? ¡Y ese secreto que le devolvía su hija no habría sido nunca descubierto, si madame Bathory no hubiese recobrado la razón como por milagro!
Pero ¿qué había acontecido quince años antes en el castillo de Artenak?
¡Todo se sabía ya! Aquella niña, que era la única heredera de los bienes del conde Matías Sandorf; aquella niña, cuyo fallecimiento no había constado nunca de una manera cierta, había sido arrebatada y luego confiada a Silas Toronthal; poco tiempo después, cuando el banquero fue a fijar su residencia en Ragusa, madame Toronthal educó a Sava Sandorf como si fuera su hija.
