Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Las primeras palabras que captó no tenían ninguna importancia, al menos para él, pero le permitieron reconocer precisamente las dos voces del hombre y la mujer que había conocido en Nijni-Novgorod, por lo que multiplicó su atención. No era de extrañar, en efecto, que estos gitanos a los que había sorprendido en plena conversación, expulsados como todos sus congéneres, viajaran a bordo del Cáucaso. Fue un acierto el ponerse a escuchar, porque hasta sus oídos llegaron claramente esta pregunta y esta respuesta, hechas en idioma tártaro:

-Se dice que ha salido un correo de Moscú a Irkutsk.

-Eso se dice, Sangarra, pero ese correo llegará demasiado tarde o no llegará. 

Miguel Strogoff tembló imperceptiblemente al oír esta respuesta que le aludía tan directamente. Intentó asegurarse de si el hombre y la mujer que acababan de hablar eran los que él suponía, pero las sombras eran entonces demasiado espesas y no los pudo reconocer.

Algunos instantes después, Miguel Strogoff, sin ser descubierto, volvió a popa y cogiéndose la cabeza entre las manos trató de reflexionar. Se hubiera podido creer que estaba soñando.

Pero no dormía ni tenía intención de dormir. Reflexionaba sobre esto con viva aprensión:

-¿Quién sabe mi partida y quién tiene, por tanto, interés por conocerla?


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