Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Como se ve, habían tornado todas las precauciones, pues cualquiera que fuese, toda medida de seguridad era poca ante aquella noche tan amenazadora.
-Nadia, ya estamos preparados -dijo Miguel Strogoff.
-Partamos, pues -respondió la joven.
Se dio la orden al yemschik y la tarenta se puso en movimiento, remontando las primeras pendientes de los Urales. Eran las ocho de la tarde y el sol iba a ocultarse. Pese a que el crepúsculo se prolonga mucho en esas latitudes, había ya mucha oscuridad. Enormes masas de nubes parecían envolver la bóveda celeste, pero ningún viento las desplazaba. Sin embargo, aunque parecían inmóviles desde un extremo al otro del horizonte, no ocurría lo mismo respecto al cénit y nadir, pues la distancia que las separaba del suelo iba disminuyendo visiblemente. Algunas de sus bandas resplandecían con una especie de luz fosforescente, describiendo aparentes arcos de sesenta a ochenta grados, cuyas zonas parecían aproximarse poco a poco al suelo, como una red que quisiera cubrir las montañas. Parecía como si un huracán más fuerte las lanzase desde lo alto hacia abajo.