Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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-Jamás hubiera creído eso de un hombre que se enfrenta tan valerosamente con un oso de los Urales. ¿Será verdad que el valor se manifiesta en sus horas y con sus formas? ¡No entiendo nada! ¡Quizá lo que nos hace falta a nosotros es haber sido siervos alguna vez!

Un instante después, un ruido de ruedas y el estallído de un látigo indicaban que la berlina, tirada por los caballos de la tarenta, dejaba rápidamente la parada de posta. Nadia, impasible, y Miguel Strogoff, estremecido todavía por la cólera, se quedaron solos en la sala de la parada de posta.

El correo del Zar, con los brazos siempre cruzados sobre el pecho, se sentó. Se hubiera dicho que era una estatua. No obstante, un rubor que no debía de ser el de la vergüenza, había reemplazado a la palidez de su rostro.

Nadia no dudó que tenían que existir grandes razones para que un hombre como aquél soportara tal humillación.

Yendo hacia él, pues, como él fue hacia ella en las oficinas de la policía de Nijni-Novgorod, le dijo:

-Tu mano, hermano.

Y, al mismo tiempo, con sus dedos, con un gesto casi maternal, le enjugó una lágrima que estaba a punto de caer de los ojos de su compañero.

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