Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Miguel Strogoff no se acostó. No hubiera podido dormir ni una sola hora. En el sitio que había sido golpeado por el látigo del brutal viajero, sentía como una quemadura.
Cuando terminó sus oraciones de la tarde, murmuró:
-¡Por la patria y por el Padre!
Entonces experimentó un insoportable deseo de saber quién era el hombre que le había golpeado, de dónde venía y adónde iba. En cuanto a los rasgos de su rostro, estaban tan bien grabados en su memoria que no los olvidarla jamas. Miguel Strogoff llamó al encargado de la posta.
Éste era un siberiano chapado a la antigua que se presentó enseguida mirando al joven un poco por encima del hombro y esperó a ser interrogado.
-¿Eres del país? -le preguntó Miguel Strogoff.
-Sí.
-¿Conoces al hombre que ha tomado mis caballos?
-No.
-¿No lo has visto jamás?
-Jamás.
-¿Quién crees tú que es?
-Un señor que sabe hacerse obedecer.
La mirada de Miguel Strogoff penetró como un puñal en el corazón del siberiano, pero la vista del encargado de la posta no se bajó.
-¡Te permites juzgarme! -le gritó Miguel Strogoff.