Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Pero repentinamente se iluminó su espíritu. Aquel viajero, al que apenas había entrevisto, le recordaba al mismo tiempo al viejo gitano cuyas palabras había sorprendido en el mercado de Nijni-Novgorod.

Miguel Strogoff no se equivocaba, aquellos dos hombres eran la misma persona. Vestido de gitano y mezclado entre la tribu de Sangarra, Ivan Ogareff había podido abandonar la provincia de Nijni-Novgorod, en donde había ido a buscar afiliados a su maldita obra entre los numerosos extranjeros que del Asia central concurrían a la feria. Sangarra y sus gitanas, verdaderos espías a sueldo, debían serle absolutamente fieles. Era él quien por la noche, sobre el campo de la feria, había pronunciado aquella extraña frase cuyo significado podía Miguel Strogoff comprender ahora. Era él quien viajaba a bordo del Cáucaso con toda la tribu de gitanos y era también él quien, siguiendo otra ruta de Kazan a Ichim a través de los Urales, había llegado a Omsk, convirtiéndose en dueño de la ciudad.

Apenas debía de hacer tres días que Ivan Ogareff había llegado a Omsk, por lo que, sin su funesto encuentro en Ichim y sin los acontecimientos que le retuvieron tres días en la orilla del Irtyche, Miguel Strogoff le hubiera adelantado en la ruta de Irkutsk.

¡Quién sabe cuántas desgracias se hubieran podido evitar!


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