Miguel Strogoff
Miguel Strogoff El ceño del Zar se frunció por un instante, haciendo temer al jefe superior de policía que había ido demasiado lejos, pese a que el empecinamiento que mostraba en sus ideas era, al menos, igual a la devoción que sentía por su soberano. Pero el Zar, desdeñando estos indirectos reproches respecto a su política interior, continuo con sus concisas preguntas.
-últimamente, ¿dónde estaba Ivan Ogareff ?
-En el gobierno de Perm.
-¿En qué ciudad?
-En el mismo Perm.
-¿ Qué hacía?
-Al parecer, no tenía ninguna ocupación y su conducta no levantaba sospecha alguna.
-¿No estaba bajo la vigilancia de la policía?
-No, señor.
-¿Cuándo abandonó Perm?
-Hacia el mes de marzo.
-¿Para ir a ... ?
-Se ignora.
-¿Y desde entonces, no se sabe qué ha sido de él? -Nada, señor.
-Pues bien, yo lo sé -respondió el Zar-. He recibido algunos avisos anónimos que no han pasado por las manos de la policía y, a juzgar por los hechos que se están desarrollando más allá de la frontera, tengo motivos para creer que son exactos.