Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Las bestias de carga contábanse por millares. Eran camellos de pequeña talla, pero bien constituidos, pelo largo y crin espesa cayéndoles sobre el cuello; animales dóciles y mucho más fáciles de aparejar que el dromedario; nars de una sola jiba, de pelaje rojo como el fuego, ensortijado en forma de bucles, y asnos, rudos para el trabajo, cuyas carnes son muy estimadas por los tártaros y forman parte de su alimentación. Sobre todo aquel conjunto de hombres y bestias; sobre toda aquella inmensa aglomeración de tiendas, grandes grupos de pinos y cedros proyectaban una sombra fresca, atravesada aquà y allá por algunos rayos de sol. Nada más pintoresco que aquel cuadro, en cuya realización el más violento de los coloristas hubiera empleado todos los colores de su paleta.
Cuando los prisioneros que los tártaros hicieron en Kolyvan llegaron frente a las tiendas de Féofar-Khan y de los grandes dignatarios del khanato, los tambores se pusieron a batir, extendiendo sus sones por todo el campamento. Sonaron las trompetas y a estos sonidos, ya de por sà ensordecedores, se mezclaron las descargas de fusilerÃa y de los cañones del calibre cuatro y seis, con sus graves detonaciones, que formaban la artillerÃa del Emir.