Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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-Que Dios te recompense, hija mía, de lo que haces por mis viejos años -le dijo una vez Marfa Strogoff, y éstas fueron, durante algún tiempo, las únicas palabras que se cruzaron entre las dos infortunadas mujeres.

Durante aquellos días (que les parecieron largos como siglos), la anciana y la joven parecía lógico que se sintieran impulsadas a comentar entre ellas su recíproca situación. Pero Marfa Strogoff, por una circunspección fácil de comprender, no había hablado, y aun con mucha brevedad, más que sobre sí misma. No había hecho ninguna alusión ni a su hijo ni al funesto encuentro que les había puesto cara a cara. Nadia, por su parte, también permaneció, si no muda, sin pronunciar ninguna palabra inútil. Sin embargo, un día, sintiendo que estaba delante de un alma sencilla y noble, su corazón se desbordó y contó a la anciana, sin ocultar ningún detalle, todos los acontecimientos, tal como habían sucedido desde su salida de Wladimir hasta la muerte de Nicolás Korpanoff. Lo que dijo de su joven compañero interesó vivamente a la anciana siberiana.

-¡Nicolás Korpanoff ! -dijo-. Háblame de ese Nicolás. No sé más que era un hombre, uno sólo entre toda la juventud de estos tiempos, en el que no me extraña una conducta tal. ¿Nicolás Korpanoff era su verdadero nombre? ¿Estás segura, hija mía?

-¿Por qué tenía que engañarme sobre este punto si no lo había hecho en ningún otro?-respondió Nadia.


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