Miguel Strogoff
Miguel Strogoff -¿Y en aquel momento de humillación, le despreciaste? -preguntó Marfa, levantando la cabeza y mirando a Nadia como si hubiera querido leer hasta en lo más profundo de su alma.
-¡Le admiré sin comprenderlo! -respondió la joven-. ¡Nunca le vi tan digno de respeto!
La anciana calló unos instantes.
-¿Era alto? -preguntó después.
-Muy alto.
-Y muy guapo, ¿no es asÃ? Vamos, habla, hija mÃa.
-Era muy guapo -respondió Nadia, enrojeciendo.
-¡Era mi hijo! ¡Te digo que era mi hijo! -grito la anciana abrazando a la joven.
-¡Tu hijo! ¡Tu hijo! -exclamó Nadia, confusa.
-¡Vamos! -dijo Marfa-. ¡Termina, hija mÃa! ¿Tu compañero, tu amigo, tu protector, tenÃa madre? ¿No te habló nunca de su madre?
-¿De su madre? -replicó Nadia-. Me hablaba de su madre a menudo, como yo le hablaba de mi padre; siempre, todos los dÃas. ¡Él adoraba a su madre!
-¡Nadia, Nadia! ¡Acabas de contarme la historia de mi hijo! -dijo la anciana, agregando impetuosamente-. ¿No debÃa ver en Omsk a esa madre a la que tanto dices que adoraba?
-No -respondió la joven-, no debÃa verla.
-¿No? -gritó la anciana-. ¿Te atreves a decirme que no?