Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Después se levantó y, tanteando con los pies, intentaba también guiarse extendiendo sus manos, caminando, poco a poco, hacia el extremo de la plaza. De pronto, apareció Nadia.

Fue directamente hacia su compañero y con un puñal que llevaba consigo, cortó las ligaduras que sujetaban los brazos de Miguel Strogoff.

Éste, estando ciego, no sabía quién le liberaba de sus ataduras, porque Nadia no había pronunciado ninguna palabra.

Pero de pronto dijo:

-¡Hermano!

-¡Nadia, Nadia! -murmuró Miguel Strogoff.

-¡Ven, hermano! -respondió Nadia-. Mis ojos serán los tuyos a partir de ahora. ¡Yo te conduciré a Irkutsk!

6

UN AMIGO EN LA GRAN RUTA

Media hora después, Miguel Strogoff y Nadia habían abandonado la ciudad de Tomsk.

Un cierto número de prisioneros pudo escapar aquella noche de manos de los tártaros, porque oficiales y soldados, embrutecidos por el alcohol, habían relajado inconscientemente la severa viligancia mantenida en el campamento de Zabediero y durante la marcha del convoy.


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